Aquí estoy,

¡Azotadme!

Merezco que me azoten.

Oliverio Girondo.

Mientras uno deambula por una urbe tan asfixiante como en la que vivimos, algo tan banal como una mirada es lo que siempre nos perdemos, ya que, estamos tan absortos en nosotros mismos que no pensamos en que estarán viendo los demás.

¿Cómo es posible que no veamos a las personas que tenemos en frente, mientras caminamos, o sentados en algún café esperando a ese ser al que sí vemos a los ojos? ¿Acaso será que ya no tenemos la capacidad de ver a aquella viejecilla que puede decirnos tanto tan sólo con los ojos, o a ese niño que en el fondo de su mirada podemos encontrar toda la inocencia que perdimos en algún punto de nuestro crecimiento?

Supongamos que recorremos el Centro Histórico de la Cd. De México, observando los ojos de las personas que pasan, podemos ver tantas historias sobre ellos, que no es necesario que nos las platiquen, como aquella persona que está en la esquina esperando cruzar; y en su mirada podemos encontrar que a ese ser lo perturba no saber si encontrará trabajo para poder comer ese día, o tendrá que pasar a monte pio a dejar aquel reloj que su abuelo le regalo el día que se tituló. Volteamos a nuestra derecha y encontramos a un niño que va de la mano de su madre y con aquella cara de pillo que todos en algún momento tuvimos saca la lengua; pero en sus ojos vemos que aquella afrenta que mostró es sólo un juego, ya que él observa la felicidad que todavía tenemos por dentro (aunque quieres negarlo).

Bueno como vamos de centro a las orillas ya salgámonos de la ciudad de los palacios, ahora empecemos con aquellos lugares que casi nadie visita, entremos al asilo de ancianos de Regina de Coeli. Ahí encontramos vejestorios de la sociedad, pero que en su mirada, podemos descubrirr la sabiduría y desasosiego de toda una vida, podemos encontrar que ya no quieren seguir, pero a la vez sí. Fijar la mirada en la de un anciano, es como poder encontrar el mismísimo aleph que Borges pudo decirnos que era falso el que vio debajo de una escalera; en aquellas miradas encontramos todo el pasar del tiempo. “Claro está que sí no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio…”[1] también podemos creer que sólo en esos ojos encontramos la vida y el deseo de no perderla, aunque ya se esté al final de ella.

Entrando a un no lugar, donde la gente sólo está de paso y nadie voltea, es el mejor lugar donde podemos buscar aquellas miradas que cautivan o infunden miedo oculto en respeto; estamos hablando del metro, sí, aquel lugar que todos en algún momento le temen y lo deben de usar. En este lugar existe la mezcla de todos los que viven fuera del subterráneo tren. Podemos tener el encuentro con unos ojos tan bellos que diríamos que Helena o Paris son sólo dos mortales más, que no son merecedores de tanta idolatría, ¿Acaso no te ha pasado alguna vez que encuentras esa mirada que apacigua, y es tomada por el otro polo con reciprocidad, y antes de bajar en tu estación (que quisieras que fuera más adelante), en ese momento en que las puertas abren emana una sonrisa de los dos, y ya con eso comprendes que no fue tan malo viajar en aquel transporte que vomita gente sin mirada.

Estás camino al café donde esperarás a tu ser querido, mientras que cabe la posibilidad que le ocurrió la misma historia que a ti, o que él haya sido a quien observaron. Ya te encuentras en ese café y la persona que se encarga de atenderte, sólo por cortesía la ves hacia los ojos y notas que se encuentra harta de su trabajo, y que está atendiéndote, por necesidad y no por gusto. En el momento en que el amado llega a la mesa lo miras directo a los ojos y encuentras que su pensamiento hacia ti es tan puro como aquel que Calisto tuvo de su Melibea diciendo “en dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotasse y facer a mí, inmérito, tanta merced que alcancasse, y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiesse.”[2]

Pero cómo podemos clasificar las miradas, si sólo conocemos las que queremos ver, nos falta mucho para comprender que una sola mirada puede describirnos esa esfera llamada el huevo de cristal que nos permite ver otros universos o aquella puerta en el muro que nos llevara al jardín más bello que llegaremos a conocer en nuestras vidas. Y todo esto lo perdemos por el hecho de creer que tenemos prisa, y que no es necesario ver a nadie, ya que todos son seres de no lugares que en ningún otro lugar veremos.

Somos tan pasajeros, en nuestros caminos que no soportamos la mirada de aquel viejo en el que crees encontrar la sabiduría, pero sólo encuentras un odio hacia todo lo que lo rodea, o en la vieja que encuentras todos los días pidiendo dinero en la entrada del metro con su frasecilla tan hartante que va “podría usted por favor ayudarme”, y que en sus ojos está el vacío de su vida aunada a su cotidianidad de miradas recibidas con violencia por aquellos que la ven como una carga y estorbo en la sociedad.

Para realmente aprender lo que es no tener aquellas miradas furtivas en la calle o el metro o dondequiera que te encuentres deberíamos perder la vista como aquel pueblo que Wells nos cuenta que sin sus ojos observaban más de lo que su visitante con ojos podía. Porque sólo así comprenderemos que tan sutil puede ser ese encuentro de miradas que puede demostrarte que tan bella es la vida o a que miseria hemos podido llegar a ser como humanidad.

Vengo del vasto mundo donde todos los hombres tienen ojos y ven”[3]Eso es lo que todos nos queremos decir siempre para justificar esa falta de atención que alimentamos durante nuestra vida, así como alimentamos al monstruo que creamos y no podemos ver, aquel que s e esconde aprendiendo de nosotros; nuestro propio ser al que tememos porque puede vernos y nosotros no queremos presenciar su rostro frente al nuestro, ya que lo hemos convertido en todo aquello que despreciamos, nos convertimos en un Victor deseando no haberlo hecho y querer destruirlo, pero sólo logramos volver a no ver ni observar

¡Ay!, ningún mortal podía soportar el horror que inspiraba aquel rostro. Ni una momia reanimada podría ser tan espantosa como aquel engendro. Lo había observado cuándo aún estaba incompleto, y ya entonces era repugnante; pero cuando sus músculos y articulaciones tuvieron movimiento, se convirtió en algo que ni siquiera Dante hubiera podido concebir.[4]

Hay dos seres que son los únicos que si observan aquellas miradas y esos son los niños y los ciegos, ya que uno tiene la inocencia y la capacidad de asombro ante todo lo que ve y sentir que es lo que piensa el ser observado, y el ciego por el hecho de no mirar con los ojos, sino que, el observa con el cuerpo y puede una visión tan clara y sencilla que no comprenderíamos que su abstracción es su concretismo.

[1] El aleph Alianza Editorial Madrid    Pág.190

[2] La Celestina Castalia didáctica  Madrid  Pág. 117

[3] el país de los ciegos y otros relatos Ediciones Roca    México  Pág. 26

[4] Frankenstein o el moderno Prometeo Cátedra  Madrid  Pág. 171

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