Con tantas cosas por hacer y tan poco tiempo para hacerlo siempre es recomendado organizar todo en una agenda, volverse monótonos en sus actos, pero la verdad en una ciudad tan caótica como es la nuestra hay veces que no importa que seamos los seres más organizados del mundo siempre habrá algo que nos cambie los planes, ya sea una manifestación, algún suicida o cualquier inverosimilitud que se nos pueda ocurrir.

Y aún así no podríamos cambiar nuestra ciudad por cualquier otra aunque nos digan que es mejor, porque en ésta hemos aprendido a sobrevivir. Ahora viene lo interesante y es cómo un lugareño de la urbanización aprende a mediar con lo caótico; dicen que para ser un maestro del zen se necesita mucha meditación, estar en lugares pacíficos y demás parafernalia del new age post-moderno (sí, ahora cualquiera puede inventar categorías y me gusta hacerlo), pero la verdad todo eso no es necesario, simplemente sube al metro en hora pico un viernes de quincena y con puente oficial si sales de ahí sin desquiciarte, algún intento suicida u homicida, felicidades haz superado cualquier prueba del budismo zen.

Pero bueno a eso no vamos con estos caracteres, lo que nos interesa en esta historia es cómo una persona puede crecer en una macró polis sin volverse loco y llevar una vida regular mientras que todos los que lo rodean ya sufrieron algún brote de insanidad mental. Claro está que todos decimos que nuestro punto de locura o no existe o estamos al límite; mentira todos ya fuimos afectados ya sufrimos la locura y saben que es lo irónico de la situación, nos encanta; así es nos fascina porque podemos ser animales cada vez que queremos, no debemos preocuparnos por los demás porque primero voy yo, después yo y por último yo. Recuerdo lo maravilloso que es ver cómo todos van con los ojos inyectados de todos los desórdenes patológicos y demenciales con que el ser humano vive; bienvenida sea a nuestras vidas, ya que sin ella seríamos unos autómatas del convencionalismo.

Todo lo anterior fueron 341 palabras que después de leerlas no dicen nada para mí, pero no quiero deshacerme de ella, no quiero borrarlas porque sería como ir al cagadero y jalar la cuerda para que se lo lleve una corriente de seis litros de agua no tratada que ni siquiera sería capaz de limpiar los exabruptos cometidos por las líneas anteriores donde sólo fue una interpretación de lo maravilloso que es viajar en el metro y las consecuencias que de ahí salen; momento, no está la historia del metro.

Uno entra al metro con la esperanza de llegar a tiempo a su casa después de un arduo día y topo con la gran sorpresa de que antes de pasar los torniquetes debo cruzar un detector de metales y la mochila, portafolio o lo que sea que lleve debe ser inspeccionado por una máquina de rayos x, ahí son 10 minutos perdidos; ya estoy en el andén unas seis filas de personas esperando, ya transcurrieron otros quince minutos y por fin llegan los vagones pero entre el gentío no puedo llegar a la puerta ya saben que a la gente no le gusta esperar a que salgan para subir, son animales tratando de entrar al corral. Espero la siguiente línea de vagones y ya estoy al frente de las líneas de gente, llega y los que salen empujan como si estuvieran escapando de algún tirador en el andén y los que están detrás de mí cómo si allí dentro se encontrará la ambrosia.

Por fin dentro, ahora debo sufrir entre empujones vendedores de pastillas que la empresa manda para el beneficio del consumidor, discografías completas en formato mp3 calado y garantizado, documentales, plumas, juguetes didácticos o cualquier cosa que se pueda uno imaginar es perfectamente vendible en el metro por la módica cantidad de diez pesos. Que gran sorpresa me llevo en tan sólo una estación y ya siento el hedor humano que se respira y transpira porque a algún supervisor o el mismo operador decidió no poner el aire acondicionado porque gasta demasiada energía y estamos en tiempo que debemos ahorrar todo lo posible.

Ya estoy atorado, sé que mi estación está a cuarenta minutos promedio entonces tengo tiempo para leer así que saco el libro pero la persona que tengo al frente se molesta y con una mirada despectiva y con toque iracundo blasfema algo que no oigo ni le pongo atención; llevo 50 minutos y todavía faltan dos estaciones, sudo y apenas puedo respirar, la persona que blasfemó ante mi ya se bajo o fue arrastrada por el río (espero que la segunda).

He llegado a la estación, quiero salir prontamente para respirar pero hay unos oficiales que están indicando que afuera se encuentra una marcha en proceso de algún sindicato o frente popular o cualquiera de ésas cosas que paralizan la ciudad fácil medio día. Ahora a esperar o salir tratar de cruzar las calles entre manifestantes granaperros y cualquier otra especie andante de las marchas. Logró caminar un poco sobre la avenida y me da la impresión de que todo esto ya lo he vivido y trato de recordar el momento justo en que pase por todo esto y descubro que fue hace sólo unos días, sólo que aquella vez andaban más salvajes los marchistas, traían hasta machetes y algunos andaban desnudos; nunca me ha interesado saber por qué hacen todo esto sólo que si lo quieren hacer por qué deben joder a los que viven en la ciudad, que lo hagan dentro de las instalaciones públicas o en lugares donde no paren la movilización de la ciudad que de por sí ya es caótica ahora con ellos se vuelve peor y si recordamos lo que hizo el político aquél que perdió las elecciones, eso sí era un caos total, las calles cerradas, gente viviendo allí por seguir a una persona que para la mayoría era un pelele y además nos viene a joder con su discurso de que lo que está haciendo es por el bien del país.

Bueno ya fue suficiente de recuerdos metriles y vayamos a que si uno puede sobrevivir a todo esto por qué no puede ser capaz de conquistar el mundo, a qué le tememos; alguna vez platicando con algunos personajes de la universidad entre tanto y tanto se llegó a la plática de cómo podemos ser tan moralistas y eso se lo debemos a los gustos cinéfilos, nos gusta ver que todo debe tener sus consecuencias, fuimos educados con el aire de que el bien debe ser puro y siempre gana, pero no es así, todo va y viene sino que gracia tendría vivir, necesitamos de la locura para salir y ver todo con normalidad: ahora sí, bienvenida locura, adiós moralidad.

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