Adiós al tiempo,
    hola al dinero.

Todo se ha privatizado, hemos perdido la autonomía de nuestras vidas y somos felices con ellas; incluso los movimientos de transgresión han sido comprados.
Ya no es con papel moneda con lo único que se compra, ahora existen tantas cosas; perdí la motivación de crear porque cualquiera puede copiarlo, y ahí, descubro una nueva tendencia que trata de rescatar la libertad que hemos capturado detrás del comercio.
La salvación redentora ha llegado a nosotros, estamos a unos cuantos links y cliks de conseguirlo, sólo tenemos que registrarnos para ser diferentes. Ya no existe la diferencia ni la individualidad, todo se ha perdido en una masa que avanza y toma las calles, ya no sabe porqué, pero sabe que hay que hacerlo, ya que es la única esperanza de recuperar su ser.
Todos pelean por su causa, porque es la justa, ellos tienen razón en pelear y derrotar al enemigo en común ¿Quién es ese enemigo (en) común? No lo conozco, sólo veo masas y masas marchando por tantas causas que parece hasta absurdo. He aquí una obra del teatro de lo absurdo.

Donde huele a mierda huele a ser. El hombre bien habría podido no defecar, no abrir nunca el bolsillo anal, pero escogió cagar como habría podido escoger la vida en lugar de consentir en vivir muerto. Puesto que para no defecar, habría tenido que consentir en no ser, pero no pudo resolverse a perder el ser, es decir a morir en vida. Hay en el ser algo particularmente tentador para el hombre y ese algo es justamente LA MIERDA. (aquí rugidos.)

Antonin Artaud, Pour en finir avec le jugement de dieu, 1947

Ya fue suficiente de tanta presión social, ya no se necesita más “movilidad”, nos encontramos en un punto de transición en la evolución de la especie. Quiero estar ahí cuando suceda, en primera fila con asiento reservado y servicio completo; por algo estoy pagando y utilizando todos los medios a quienes les aviento piedras, tienen que retribuirme, ya he gastado en ellos.
Me he deformado al punto que no me reconozco, pero, puedo reconocer cualquier otro rostro entre la multitud que marcha al compás de su lucha. Ya no sé a quién temerle, si al individuo o a la masa, los dos han ido con el cirujano y quiero que me lo recomienden para ver si él puede restaurarme y dejarme como era antes.

Luis R. González Covarrubias.

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