Me encuentro estancado, no puedo sacar un nuevo número de la revista, algo ha pasado y no sé qué es. Trato de imaginar que todo es un sueño y que debo despertar un domingo cualquiera rodeado de mis libros y la publicación lista.

La cruda es grande, no recuerdo nada de los últimos días, y lo peor es que no he tomado; trato de recordar qué hago con mi vida, si acaso vale la pena seguir o simplemente dejarme caer en el juego del mundo. Sé que el mundo cambia, o al menos eso nos han hecho pensar; ahora todos quieren ser polite para no lastimar a nadie, para demostrar que son políticamente correctos, tolerantes y evolucionados.

Seguimos siendo intolerantes, descorteses, sólo nos interesa nuestro propio bien; utilizamos a los hijos para hacer lo que nosotros no queremos bajo el pretexto de no tener tiempo, porque hay otras ocupaciones; a la mierda las convenciones sociales, mejor seamos los animales que somos sin ocultarlo, que regrese el cinismo; unas cuantas meadas o defecadas en una plaza pública no afectan, ¿o sí?

¿Dónde está Diógenes para que enseñe a vivir bajo los puentes? Momento, ya hay muchos viviendo bajo ellos, necesitamos que nos enseñe otro lugar, claro, sin dejar todas nuestras comodidades. Ya no somos nada sin la tecnología que nos acompaña y nos hace más introvertidos, nos alejamos de todos, se nos hace más útil tener todo en una nube, soñamos con el cielo como límite, aunque hay algunos que prefieren dejarse caer a la tierra.

Todos somos críticos en la actualidad, creemos que nuestra opinión es necesaria y válida, aunque no sepamos usarla ni hacerla; estamos absortos en banalidades, nos importa más saber qué tan verde lo tiene el vecino, somos la expectativa del otro, queremos saber si lo nuestro es más real que lo de él. Queremos todo, ser mejor que todos sin perder lo que somos.

Luis R. González Covarrubias.

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