Estoy transcribiendo unos mails; le encantaba discutir y en especial con gente terca. Después de leerlos recordé el día que se presentó a mi con una idea que sólo a él se le podía ocurrir;

    vamos a comernos el mundo, no quiero tener un jefe, quiero ser el mío.

Y ahora, cuatro años después, estoy con la idea en la cabeza, nos pudimos comer el mundo; el presente no es tan grato como las palabras. Me encuentro en un trabajo sin futuro cercano, peleando por mantener unos ideales y sobrellevando la vida. Estoy trabajando en sus mails y cada insulto que leo, lo imagino contándome cómo se lo dijo mientras se acomoda el sombrero con una mano y en la otra mantenía un cigarro. Era un maldito hijo de puta. Quiero encontrar el primer texto del que hablan, estoy casi seguro de lo que dice, pero, quiero verlo, quiero leer y saber qué fue lo que motivó a que moviera las aguas de la argumentación.

Él debería seguir aquí, sería una de las grandes mentes de nuestra generación. Esas discusiones literarias que teníamos mientras estábamos rodeados de ‘seres obscuros’ que bailaban al son de here comes your men y viendo por el balcón cómo se madreaban a un borracho que armaba pedo en la entrada; sólo vimos como voló a la jardinera de la banqueta después de recibir el puño de un tal Beverly en el rostro. Hace poco le explicaba a alguien sobre los genios y mientras los describía me acordé que así era; esa fue la razón por la que decidí apoyarlo en la más grande idiotez que podíamos hacer en ése momento. Seamos empresarios de la cultura, de esa forma nos comeremos al mundo.

Y si las mujeres viven más años que Hölderlin, si se pegan menos veces en la rodilla que Da Vinci, si se limpian más veces la cara que Kant, o producen más anticuerpos que Foucault… da igual.

Con este tipo de frases era capaz de argumentar por la simple idea y placer de enfadar a la gente; nunca entendí por qué no lo madrearon, alguien lo cuidaba mientras abría la boca para “hervir las aguas de la discusión”, de no ser así, la suerte existe y él se la acabó por la boca. Discutía por discutir, con la persona que fuera, sus maestros de la facultad, con el personaje extraño que trabaja los turnos nocturnos del seven e incluso con la policía.

Íbamos a sacar una revista donde todo eso estuviera, lo he intentado y lo haré de una forma u otra; su nombre lo consiguió hasta que se murió, el origen de todo esta idea y fascinación por la vida y sus alteraciones no existía más, reventó como su genialidad lo guiaba, tenía que hacerlo pero no cuando estábamos por conquistar el mundo, el problema fue que se gastó toda su suerte con la boca.

tuinky

Luis R. González Covarrubias

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