En teoría, el blog sería un diario público acerca de mi vida e idiosincracias, pero al pasar del tiempo, entre el abandono y la perdida de continuidad en la vida cotidiana se convirtió en el lugar donde aparecen las cosas del cajón o tonterías.

Después de retomar la lectura de dos libros decidí, también retomar la escritura diaria para el blog y hoy me encuentro sin saber de qué escribir. Podría ser del pésimo empleo que tengo (y no por el trabajo, sino por la pseudojefa que tengo), del chavoruco que vive conmigo, incluso de la cotidianidad de lidiar en el tráfico con estúpidos salvajes al volante que tienen un ego más grande que vehículo y su virilidad más pequeña que su celular.

La verdad, esos temas me importan un carajo de mierda violada por la postsociedad. Prefiero hablar de trivialidades cómo la muerte.

Es trivial desde el momento que nacemos, porque todos tenemos que morir (excepto Chabelo, él le picaba el ombligo a Dios mientras diseñaba y esperaba el render de la Creación) y no hay nada más que se pueda hacer, sólo esperar a que pase y disfrutar el recorrido. Ese recorrido es un viaje entre psicodelía, vida regular y otras tantas mamadas que dicen deben pasar para que seas un ser humano completo. Recuerdo varias anécdotas que incluyen bromas sobre la muerte, o bromas en momentos de muerte cómo el velorio del abuelo que nunca trate y que la primera vez que lo vi en mi vida le dije tío; era un tipo raro, tosco y violento, pero la edad lo calmó o cansó, lo que haya sido primero.

Tendemos a reverenciar cualquier acto público y los púbicos tratamos de taparlos con la noche y unas cuantas sábanas para eso de la pena por tu cuerpo. Todo se vuelve formal llegando a cierta edad, ya no se te permite bromear de algún tema porque se califica cómo agresivo, ignorante o cualquier otro adjetivo sin eufemismo.

La muerte es el acto más reverenciado y canónico que existe; ¿y si quiero hacer bromas del difunto? Una vez muerto, se convierte en una buena persona; qué pasó con las críticas por su carácter, o las cosas que hacía y molestaban. Nadie es santo, ni siquiera los que el Vaticano dice, todos somos humanos y somos unos hijos de puta que tratamos de persuadirnos y ser mejores personas dentro del canon social. Nos comportamos con una doble moral en todo lo que hacemos, nos autocensuramos por la equidad y las buenas costumbres contra las que luchamos.

Quiero estar en un funeral donde no tomen a mal las bromas, quiero decir junto al ataúd que a esa carne seca le faltó tiempo para marinarse, quiero escuchar comentarios realistas del personaje frío y puesto a exposición; incluso, porqué no se hace una inauguración al puro estilo del jet set y snobista del arte. El muerto está muerto, y no podemos cambiar eso, pero sí podemos ser cómo éramos antes de la noticia de que fulanito se murió y aparezcan las caras tristes y los comentarios hipócritas de autocondolencia sobre el cadáver relleno y encajonado.

Luis R. González Covarrubias

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