¿Desde cuándo nos volvimos tan blandengues? A riesgo de sonar como un anciano decrépito, todavía recuerdo aquellos buenos tiempos donde podíamos decir las cosas como son, si alguien te cagaba, se lo decías en la cara y punto, si alguien, a tu parecer, era un pendejo, simplemente se lo decías.

Crecí en una escuela no mixta, sí, de esas donde eres un número por año, y que frente al escritorio durante cinco años ves a otro cabrón; sólo el primer año de primaria tienes maestra, pero en su mayoría con más testosterona que un luchador pelo en pecho. Era un sistema que desde el inicio te hacía saber de qué va el mundo, la ternura y comprensión no tenía cabida ahí, en la escuela te encontrabas con un ambiente primitivo. Encerrar a 50 niños por salón, siete por año, y seis grados escolares; a mi no me engañan, eso era una prisión de mínima seguridad. Pero también tuvo sus meritos estar ahí y entrarle al quite todas las veces que fuera necesario.

De unos años para acá me ha sorprendido mucho ver que la gente se espanté cuando les cuento mis anécdotas escolares, claro, éramos unas lacras, pero lacras con honor. Un sistema así de rudo con la gente tenía una finalidad: forjarte carácter. Amigos, conocidos, compañeros de la chamba y demás individuos circundantes a mi vida se sorprenden de saber que cuando nos peleábamos en la primaria, el director nos llevaba a su oficina, nos ponía guantes de box y hacía que nos reventáramos el hocico y después suspendernos; o sorprenderse de la leyenda de “El Choco”, el cabrón que se madreó a más de 58 güeyes detrás del estacionamiento del Suburbia de Plaza Universidad; se asustan del cuento en el que engrapamos a un sujeto enfermizo a la pared, o de cuando colgamos a alguien de una canasta de basket, o le hicimos el infame “tubo” hasta que se desmayó por el dolor. Yo siempre recuerdo esto, incluso las veces que yo fui el puerquito de alguien más, ¿por qué? Simple, porque así funcionamos los seres humanos.

Más allá de causar controversia, estoy aquí, tipeando estas palabras para defender a todo eso que hoy llaman bullyng, y es que los extremos de ridiculez a los que hemos llegado gracias a esta paranoia propoliteness se ha vuelto francamente insoportable. Como tal, el término fue acuñado en Noruega por un psicólogo llamado Dan Olweus, que durante la década de los 70 empezó el primer estudio sobre el acoso escolar. Su investigación empezó a causa de tres jóvenes suicidas que se quitaron la vida después de ser acosados; su misión era loable, entender cómo y por qué un ser humano es capaz de quitarse la vida ante la presión social y la incapacidad de adaptarse es algo que, supongo yo, podría interesar a cualquier psicólogo, sin embargo lo que se ha desatado a raíz de esto es más terrible que el problema mismo.

Entre las cifras que más vomitan los caballeros de brillantes armaduras en su cruzada contra el bullying, está el que según la American Psychological Association, entre un 40 y un 80% de los niños que asisten a la escuela han sido acosados, o bien el que un 60% de los bullies posee antecedentes criminales antes de llegar a los 24 años de edad; estas cifras suenan bastante serias, ¿pero qué nos dicen sobre los extremos a los que han llegado las escuelas con tal de evitar el bullying?

Por ejemplo, en Australia, hace un par de años, las primarias comenzaron a adoptar una política de cero contacto físico entre niños, para evitar peleas y acoso, pero el asunto se volvió tan extremo que en lugares como la primaria Mornington Peninsula (Combined-Parent-Handbook-2018), los alumnos no sólo tenían prohibido abrazarse, hacer un high five era razón suficiente para una suspensión. Y eso es el asunto de fondo del bullying, es otra forma más de “sanitarizar” las relaciones humanas. ¿Recuerdan esa escena de Demolition Man donde tienen sexo a través de cascos de realidad virtual, o se saludan sin tocar sus manos?

Ahora, más que nunca, nos aterra la otredad, y por lo tanto que no comprendemos, nos aterra tanto, es una inminente amenaza que debe ser detenida antes de que rebase las barreras de nuestro espacio personal. Claro, no estoy diciendo que todos deberíamos ir a un cuarto obscuro y perdernos el miedo y el asco en toqueteos anónimos.

Alrededor del mundo, las escuelas comienzan a prohibir actividades físicas donde los niños tengan contacto unos con otros, incluso Disney a través de Marvel anunció algunas variantes en portadas de sus cómics con temática de apoyo al “Mes contra el Bullying” (octubre). Habrá quienes digan que están medidas son buenas y necesarias, pues recuerdan aquello que sufrieron durante años, los años de miseria, soledad y sufrimiento silencioso; pero recordando esa frase trillada al máximo de Nietzsche “Aus der Kriegsschule des Lebens. – Was mich nicht umbringt, macht mich stärker.”, y es que el hecho de prohibir ciertas conductas, tan naturales como el contacto físico, lo único que hace es aislarnos aún más. Ya vivimos en un mundo donde a duras penas podemos comunicarnos con otro ser humano por más de cinco minutos sin voltear a ver nuestros celulares. Tristemente nuestra realidad es cada vez más mediatizada, ya no salimos a dar un paseo por el parque sin tomarnos una selfie, no vamos a cenar con los amigos sin hacer check in, ya no platicamos con alguien si no es por mensajitos en alguna red social. Día a día nuestras relaciones son más artificiales y superficiales y en el fondo eso es porque nos cagamos tanto de miedo de lo que pueda ser el otro, que ponemos toda una serie de reglas para dejarlo existir, y que se vuelva virtualmente imposible que otros existan en nuestro espacio.

Recuerdo de nuevo los años de escuela, la secundaria (desde la adolescencia he estado en contra de la violencia física), había un grupo de lo que ahora llamarían bullies encima de un mozalbetillo, pero después de aguantar un rato las idioteces de estos, alguien le colmó el plato y lo empujó de regreso; aún recuerdo que estábamos en uno de esos recesos de 10 minutos, cuando el sonido de su cuerpo azotando contra la puerta de metal y las ventanas creó un instante de silencio en el pasillo, y después de eso su vida cambió, no porque ellos dejaran de molestarlo, sino porque decidió que jamás iba a volverse a tragar la mierda de alguien más. Lo digo con orgullo, desde aquella vez aprendí una valiosa lección de vida, a veces lo único que se necesita para arreglar las cosas es tener los huevos bien plantados para demostrarles a los demás que también existes y que sabes alzar los puños cuando es necesario.

Para como veo las cosas, ese es el meollo con este tema del bullying, que el hecho de tomar todas las precauciones necesarias para que un niño jamás sea acosado, le priva también de la posibilidad de encontrarse a sí mismo, le crea una falsa expectativa del mundo, donde nadie puede decir lo que piensa o siente para no herir los sentimientos del otro, donde hay una forma correcta de comportarse, donde el ser distinto es un error que debe ser corregido. Bullear o ser bulleado es parte de un rito iniciático en la sociedad, es un crisol donde el temperamento se forja, es un microcosmos donde aprendes que el lugar que ocupas en la vida lo decides tú.

Puedo escuchar a alguien decir en el mismo tono de la esposa del reverendo Alegría de los Simpsons, “¡Pero piensa en los niños!”, lo mejor de todo esto es que en realidad lo hago. ¿Se han preguntado por qué si desde los 70 se comenzó a estudiar este fenómeno, es hasta ahora que el bullying se ha convertido en un tema tan polémico? Por el cambio de costumbres, de alguna manera, la estructura familiar que era la norma hasta la década de los 80 y principios de los 90 era un modelo tradicional de familia, sí ese que las películas hollywoodenses nos vende con los churros sandlerescos, una familia donde había momentos clave padre-hijo y madre-hija que de alguna manera pasaban la antorcha sobre lo que significaba ser adulto. Hoy por hoy la mayoría de las familias prefieren pasar el rato cada uno metido en sus propias actividades, en la TV, videojuegos, celular o cualquier otro aparato que les permita olvidar que existe vida más allá de una pantalla.

Lo que quiero decir es que en vez de espantarnos por la innata crueldad de los niños con los niños, deberíamos de estar viendo qué demonios pasa en nuestras casas, porque los niños no son víctimas del bullying, los niños deciden seguir con un patrón de conducta que los hace miserables, y eso es algo aún más triste y preocupante de lo que cualquier cifra puede expresar.

Deberíamos de estar viendo qué demonios pasa en nuestras casas, porque los niños no son víctimas del bullying.

¿Cómo? Imaginemos a un niño, lo llamaremos Pepito para seguir con el folklore mexicano, pero a diferencia de aquel de los cuentos, nuestro Pepito no es ingenioso, alburero o precoz, nuestro Pepito es un perdedor. Nadie en su escuela lo quiere, no tiene amigos, hay un grupo de niños que le quita su comida, que lo golpea, que lo insulta, que suben fotos y videos de él siendo humillado. ¿De dónde vienen los problemas de nuestro Pepito? La escuela y el grupo de bullies no es el problema, por más que estemos tentados a decir eso, eso sólo es un síntoma, los problemas vienen de casa, quizá de un padre o madre, o ambos, que están atrapados en un trabajo que detestan, donde trabajan más horas de lo que sus cuerpos resisten, en donde aguantan toda clase de exigencias y abusos con tal de no ser despedidos, que viven una vida que definitivamente no desean y en donde sólo se sienten libres o descansados al sentarse a ver TV, jugar, o detrás de la pantalla del celular. No se trata de un análisis moralino sobre la importancia de la familia, sino de que el nivel de apatía que tenemos por la vida en estos días nos impide ver algo tan sencillo como que preferimos privar a los niños de una experiencia tan importante como el contacto o la convivencia, que darnos cuenta de cómo estamos viviendo, de aceptar que estamos involucionando, que estamos limitando la cantidad de estímulos que recibe nuestro cerebro par evitar cualquier cosa que pueda estresarlo o alterarlo.

Pues les tengo noticias, biológicamente nuestro cerebro se desarrolló para alterarse, nuestro cuerpo fue diseñado para reaccionar ante los estímulos, ¿creen que es coincidencia que la mayoría de los ritos de madurez en tribus tenían que ver con pruebas físicas y resistencia ante el dolor? Somos una sociedad tan autocomplaciente y sedada, que la mayor blasfemia que podemos crear es algo que saque del letargo a los demás, poco a poco nos acercamos a ese mundo tipo
donde el ser humano sea un producto de granja para las máquinas, en donde estemos plácidamente dormidos, en perfecto control de la realidad, donde no existe el dolor ni la otredad, donde el universo gire a nuestro alrededor con las leyes que nos convengan.

Llámenme anticuado, pero prefiero vivir en un mundo donde después de una escena estilo The Fight Club puedes entender mejor al sujeto que está a lado tuyo, donde dejamos de creernos copos de nieve únicos e irrepetibles, donde tenemos que demostrar nuestra existencia a cualquier costo. ¡Que viva el bullying!, pues sin él no podríamos saber quiénes somos o qué estamos dispuestos a hacer para defender las cosas en las que creemos.

 

Anuncios