Sentado en un café, frente a mí se encuentran dos parejas en distintas mesas; la más cercana son un par de adolescentes que empeizan a creer que ya son lo suficientemente grandes para fumar de una cajetilla negra, con el centro de colores, y beber azúcar en exceso. La segunda, son un hombre en los treitas tardíos, aunque parece de cuarenta y tantos, y una chica entrando a los 30.

Los niños se encuentran en una de esas citas express donde supuestamente están haciendo tarea, pero sólo están esperando el momento para ir a esa casa que se encuetra sola de alguno de ellos; mientras esperan, la preparatoriana, le peregunta a su acompañante qué es lo que va a leer mientras saca la novela rosa envuelta en terciopelo rojo que le vendieron en algún Samborn’s. El mozalbetillo no responde y continúa platicando por what’s. Después de un rato, la chica le lee un párrafo soso de la novela, y él, queriendo parecer más maduro de lo que sus bermudas floreadas dicen, le responde con esa sonrisa de intelectual fallido mientras comenta que lo que acaba de escuchar está muy rebuscado. La niña sólo lo ve con cara…

Mientras tanto, los adultos del fondo tratan de mantener una conversación de más de 3 min., pero el teléfono del treintón madreado no los deja con su incesar tono de llamada que conlleva a una llamada de 10 minutos o más, mientras su acompañante sólo espera a que acabe. Después de un rato, por fin deja el teléfono sobre la mesa, pero mantiene la pantalla de su lap abirta y prendida.

Los mozalbetillos calenturientos, porque según ellos lo han disimulado muy bien, deciden irse a la casa prometida porque, al igual que la entrada a la cueva de las maravillas, saben que el reloj de arena está corriendo contra suya para poder hacer eso que cualquier adolescente con una casa sola hace. Faltosear.

Salen presurosos casi olvidando las plumas que supuestamente iban a usar sobre los cuadernillos que sacaron. Ella le pregunta si tiene tarjeta de metrobus porque ella olvidó la suya, o la perdió, no sabe bien qué pasó con ella. Él sólo mueve la cabeza para decirle que sí mientras revisa con la mirada las notificaciones en su teléfono. Huyen lo más rápido posible de la cafetería.

Los treintañeros por fin habían podido disfrutar una plática de más de 20 minutos hasta que el teléfono volvió a sonar. Al parecer, ellos no son una cita romántica como los preparatorioanos, sino que e suna cita de asesoría para gastos funerarios. O tal vez, sí es una cita de góticos treintañeros que no les quedó de otra más que madurar y dejar las capas colgadas en el clóset de casa de sus padres. Y uno aquí creyéndo que sólo son negocios.

Pero, no son ellos los que nos interesan,no. Son los que se encuentran tras el vidrio, aquellos que están mendigando para que los dejen pasar. Nunca voy a poder entender cómo fue posible que pasara esto, se suponía que tuvimos muchas advertencias, pero al final terminamos haciéndolo. Los que se quedaron afuera sólo quieren pertenecer, ¿pertenecer a qué?

También están los que prefirieron el exilio. Posiblemente la mejor opción después de unos años de estar haciendo lo mismo todo el tiempo, tratar de agradarle a gente que te vale 3 kilos de reata. Pero hay que pertenecer, hay que ser un individuo más en la masa amorfa que hemos tomado como humanidad. Queremos salvar al mundo sin dejar de reproducirnos como si el mundo fuera a acabarse y nuestras crias no pudieran alcanzar a ver lo hermoso que puede ser vivir en la civilidad, en la correctud absoluta, y en el ¿puedo?

¿Puedo? ¿Qué puedo, qué debo o por qué debo preguntarme eso? Si sólo se tratara de una duda sobre el ser, no tendríamos problema, ya hemos crecido con la religión. Pero aquí no es esa la senda que llevamos, sino en el pedir permiso para todo. ¿En verdad los que están afuera quieren volver a esto? Al tener que empezar cada oración que escriban o digan con un ¿Puedo? Es como si nunca hubieramos salido de la primaria.

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